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La hija del minero (basado en hechos reales)

- Maya, venga, deja de pintar y ven a dar un beso a tu padre, que se va –le dice la madre a la niña.

Acaba la raya que pintaba, guarda el lápiz de color, salta de su silla y se acerca hasta el comedor, la niña Maya. Es inquieta, un bichito, dicen siempre sus padres, pero buena nena, añaden seguidamente.

Maya salta con pasitos cortos de niña de cinco años hasta ocupar su lugar en la fila, siempre la última tras sus tres hermanos. Es la hija menor de cuatro hermanos, deberían ser cinco, pero uno se fue, le han contado sin contarle a donde.

Antón, Javi y Marta besan al padre antes que ella, hasta que llega su turno. Se le acerca con los bracitos abiertos, las pequeñas manitas extendidas y su sonrisa a punto, se estira en las puntas de los pies para alcanzar su mejilla. Su padre a penas sonríe, más bien parece triste.

¿Porqué? Esta pregunta ronda por su cabeza hace algunos días.

- ¿Y porqué madre? –le pregunta al fin- ¿No le gustan mis besos mamá?
Su madre la observa desde lo alto y sospesa su respuesta, por Dios, pronto cumplirá seis años, seguro que puede entenderlo.

- Siéntate aquí Maya –la madre le señala su regazo– Tu padre, trabaja en las minas, y a veces… a veces… -busca las palabras justas la madre- podría darse el caso que no volviera… ¿lo entiendes? ¿Verdad que no querrías que se fuera sin darle un último beso?. Venga, va, olvídate y vete a jugar.

- ¿Papá no volverá?, ¿Dónde irá? –Maya ya no quiere jugar, se acerca a la ventana donde la figura de su padre es ya sólo una sombra que se aleja por el callejón oscuro, Maya le grita sin ningún resultado - ¿A dónde vas papá?

Su madre intenta contarle de nuevo pero Maya no atiende, ¿Dónde va papá?, que sí, Maya, que sí que vuelve, pero algún día, quizás… ¿Así?, ¿Por un trabajo?, ¿No puede buscar otro?, yo no quiero que mi papá se vaya, y Maya vuelve a la ventana, ¡Papá, papá, no te vayas! le grita a una calle ya vacía.

Su mamá lo intenta, pero Maya ya no quiere jugar, ni tampoco dormir, aguanta en vela, esperando oír la puerta abrirse, llega ya papá, vuelve ya papá, no te vayas papá, papá…te quiero…

Y antes del alba la puerta se abre y papá aparece cansado. Maya salta de su cama y corre a recibirlo, y llenarle de besos, y ahora su padre se ríe, sin entender nada pero sonríe feliz, mientras la mamá observa desde su cama a través de la puerta entreabierta y con el corazón encogido…
De nuevo, por la noche, después de la cena, ahora es Maya quien no sonríe, ¿te marchas de nuevo papá?, ¿y quieres un beso?, ¿porqué no cambias de trabajo papá?, no puedo hija, ¿y te gustan mis besos papá?, más que nada en este mundo hija. Pero yo no me conformo así papá, debemos hacer algo papá, mira papá, mira este beso que tanto te gusta, Maya lo caza al aire con su mano, te lo guardo, ¿ves?, Maya mete su manita en su bolsillo, hasta más tarde, papá, para que vuelvas a buscarlo papá, y su padre insiste, pero Maya es muy cabezuda y se aleja hasta su habitación con su beso guardado.

- Para que hagas todo lo posible por volver papá –le grita a través de la puerta cerrada.

- Cabezona como yo -murmura su padre mientras camina orgulloso por la calle, ya sólo una sombra hacia la oscuridad– pero ¡qué cojones! ¡si es que lleva toda la razón la cría!


Este breve cuento está inspirado en hechos reales

No está tan lejos de la realidad. Me lo proporcionó la Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Súria el día 27 de Abril de 2006 en la presentación del libro “El Gran Silencio” cuando me explicó que entre sus recuerdos más presentes de su infancia destacaba el hacerle besar a su padre en el momento que se marchaba para el trabajo en las minas, por si acaso no volvían a verle con vida.

Como podéis imaginar, esta historia me emocionó.

Lo más brutal es el mensaje que se esconde tras este pequeño gesto, dar un beso al padre por si… es el gesto de la aceptación – resignación a la posibilidad, a la certeza de que un accidente sucederá. Desde entonces, mucho ha llovido y las cosas mucho han cambiado pero creo que nos sirve, aún hoy para entender que no hay ninguna razón que justifique un accidente en el trabajo y porque no lo entendemos así algunas veces.
Esto ocurría veinte, treinta o cuarenta años atrás, por lo tanto, muchos de nosotros, la generación de los hermanos de Maya hemos crecido dentro de esta forma de pensar, donde los accidentes suceden porque deben pasar y que vive aún en nuestro subconsciente. Contra los accidentes, un beso al padre por si… y resignación.
Y, a nuestros hijos ¿qué les estamos transmitiendo?.
Hoy ya hablamos de la cultura de la prevención y de la integración de la prevención, por lo que nosotros, criados en la resignación, en la aceptación debemos re-educarnos.
Por suerte, cada día nacen nuevas Mayas, sin vicios, que crecen y no se resignan.
Maya ha crecido, y se ha rebelado, y nos plantea un reto.
El reto, la obligación, como sociedad es ir en busca de ese premio, ese dulce beso que Maya nos guarda entre sus dedos. Para ello debemos, re-educarnos y educar a nuestros hijos.
¿No vamos a poder si la mayoría de trabajos se realizan con herramientas y métodos diseñados por las personas mismas?, solo hace falta que las pensemos bien, es decir, pensarlas para hacerlo, pero hacerlo sin accidentes.
¿No vamos a poder en todas partes si se consigue en ambientes tan difíciles y hostiles como las minas?